#8M. MORADO TEÑIDO DE VERDE

“La defensa del medio ambiente es antipatriarcal” (Berta Cáceres).

Múltiples y variados son los motivos por los que el morado del #8M debe estar teñido de brillantes tonos verdes. Las mujeres, de manera no sólo histórica, si no ancestral, se han asociado a la salvaguarda de la naturaleza, perdiendo, más de una, la vida en el intento. No olvidemos a las líderes indígenas y activistas medioambientales asesinadas en los últimos tiempos: Berta Cáceres, Lesbia Yaneth Urquía, Martha Milena Becerra, María Ofelia Mosquera, Santa Felicinda Santamaría, o a Gladys Mena y a muchas otras, abiertamente amenazadas.

 

Si en la evolución humana hemos llegado hasta aquí, la antropología nos dice que las recolectoras han tenido un gran papel. Cuando el cazador era el cazado y volvía de la expedición con las manos vacías, el grupo recolector proveía de alimentos al poblado y manipulaba el medio de tal manera que, a la larga, posibilitó la domesticación de plantas y animales.

 

Este conocer profundo del medio y su valor para la supervivencia del grupo es intrínseco a la mujer. En muchos países en vías de desarrollo, mientras que los hombres abandonan el medio rural y se marchan a las ciudades en busca de nuevas oportunidades, las mujeres se quedan para proporcionar a los demás alimento, agua y cuidados. Su papel de proveedoras de sustento, las ha convertido en el conjunto más sensible a la sobreexplotación del medio y a las perturbaciones que el cambio climático está produciendo.

 

El triunfo de los intereses de grandes multinacionales de la agricultura, la minería o las energías fósiles, con la connivencia de gobiernos corruptos, genera destrucción de hábitats, pérdida de biodiversidad, asesinatos de líderes y poblaciones indígenas, y desplazamiento de poblaciones. Otras veces, las situaciones son tan extremas, que conllevan conflictos armados y desplazamientos de millones de personas como refugiadas climáticas. Muchas guerras actuales son, en realidad, guerras del clima encubiertas, debidas a la escasez de alimentos, de agua, de recursos básicos… Desgraciadamente, según Naciones Unidas, este tipo de conflictos está creciendo exponencialmente. En estas situaciones, las mujeres y los niños constituyen el mayor número de víctimas silenciadas. La violencia de género y la sexual se ceba con ellas y quedan en una situación muy vulnerable ante la pobreza, la pérdida del trabajo y la destrucción de sus hogares.

 

El cambio climático y su efecto en el entorno, además de los fenómenos extremos que provoca (grandes sequías, inundaciones, incendios, movimientos de tierras, etc.) limita el acceso de las mujeres a los recursos básicos. La madera para iluminar, calentar y cocinar es cada vez más escasa y de peor calidad. Su humo genera problemas de salud. El agua falta y está contaminada o llena de gérmenes. Su ingesta provoca enfermedades y una alta mortalidad infantil. En ambos casos, el deterioro del medio las obliga a desplazarse cada vez más lejos de los espacios “seguros” y sufrir las consecuencias: secuestros, muertes, violaciones, etc.

 

Son muchas las mujeres que han dedicado sus vidas al conocimiento y a la defensa del medio ambiente desde la investigación o el activismo. El listado es tremendo. Basten unos ejemplos: Louis Gibbs, Rachel Carson, Jane Goodall, Wangari Maathai (Nobel de la paz), Françoise d’Eaubonne, Vandana Shiva, Maria Sibylla Merian, Dian Fossey (asesinada), Winona LaDuke, Sylvia Earle, Anna Botsford Comstock, Kate Sessions,… Algunas pueden ser consideradas ecofeministas, otras, simplemente, personas determinadas y comprometidas con sus convicciones. Para ser breves, diremos que el ecofeminismo como movimiento, sostiene la existencia de vínculos profundos entre la subordinación de las mujeres y la explotación destructiva de la naturaleza, cosificadas y sometidas por el patriarcado y el capitalismo salvaje. Sus seguidores pretenden alcanzar la justicia para las mujeres y transformar las relaciones existentes entre los seres humanos y el resto de seres vivos que habitan el planeta.

 

Creemos que este no es el momento de hablar de las grandes mujeres, si no de las anónimas. No es el momento de hablar sólo de las mujeres que están en el medio rural o en comunidades indígenas. Es el momento de hablar de las mujeres del mundo que en el día a día, con sus convicciones y sus acciones cotidianas, ayudan a nuestra supervivencia en el planeta.

 

No podemos negar que hay grandes protagonistas con nombres y apellidos: el movimiento verde en Europa le debe mucho a la alemana Petra Kelly (Partido Verde) y a la noruega Gro Harlem Brundtland, madre del Desarrollo Sostenible. Pero, en general, miles de mujeres desconocidas, cada día, hacen pequeños gestos imperceptibles, pero de gran impacto. Por ejemplo, son ellas las que proveen el hogar con los productos que compran y esta elección, si es consciente, ya constituye un compromiso y un acto político. Podemos seleccionar productos Km0, ecológicos, reciclados, sin transgénicos, sin ciertos químicos, locales, de pequeños productores, certificados como ambientalmente sostenibles, con etiquetas ecológicas, …

 

Solemos educar en casa y podemos enseñar con nuestro ejemplo a separar los residuos en sus diversos contenedores, a respetar plantas y animales, a reducir el consumo de energía en el hogar, a no desperdiciar alimentos, a comprometernos con aquello en lo que creemos… es decir, somos educadoras ambientales aunque nos haya concedido el reconocimiento oficial.

 

El medio ambiente necesita de la presencia activa de las mujeres, en los grandes gestos, pero también en los pequeños. Si como afirma Naciones Unidas, “la paz está estrechamente relacionada con la igualdad entre mujeres y hombres y con el desarrollo”, creemos indefectiblemente que la sostenibilidad del género humano en este planeta amenazado será con la mujer empoderada y protagonista, o no será.

Matilde Ruiz Parra.

Presidenta

Asociación Región de Murcia Limpia

www.regiondemurcialimpia.es

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